Y en este universo sumido en la angustia y la ansiedad, atenazado por los miedos, el pesimismo y la desconfianza, el Tao nos devuelve la fe en el orden universal y nos anima a la gran aventura espiritual para que la existencia sea digna de ser transitada. La sonrisa del sabio nos reconforta y junto a ella recuperamos la visión cósmica.
ALEA, JACTA ES 9
miércoles, 12 de septiembre de 2018
miércoles, 4 de mayo de 2016
El Tao traducción y versión
ALEA, JACTA ES 9: EL TAO -TE- CHING:
Lao Tzu - Tao Te Ching Traducción chino-inglés: Gia Fu-Feng y Jane English, 1972 Versión del inglés al castellano: Cristina Bos...
Lao Tzu - Tao Te Ching Traducción chino-inglés: Gia Fu-Feng y Jane English, 1972 Versión del inglés al castellano: Cristina Bos...
miércoles, 8 de octubre de 2014
PATRIOTISMO de Mishima
PATRIOTISMO MISHIMA
El 28 de febrero de
1936, al tercer día del incidente del 26 del actual mes, el Teniente del Batallón de Transporte profundamente perturbado, al saber que sus colegas más próximos eran leales a
los amotinados e, indignado ante la inminente perspectiva del ataque de las
tropas contra el ejército imperial, tomó su espada de oficial y se
vació las entrañas, en la habitación de su casa, en la sexta manzana
del distrito de Y. Su esposa lo siguió, ultimándose de una puñalada. La
nota de despedida del teniente consistía en una sola frase: "¡Vivan
las Fuerzas Imperiales!" La de su esposa, luego de pedir perdón a sus
padres por precederles en el camino a la tumba, concluía: "Ha llegado el
día para la mujer de un soldado". Los últimos momentos de esta heroica y
abnegada pareja hubieran hecho llorar a los dioses. Es menester destacar que la
edad del teniente, era de treinta y un años y la de su esposa, de veintitrés.
Hacía sólo diez y ocho meses que se habían casado.
II
Quienes contemplaron
el retrato conmemorativo del novio y de la novia no dejaron de admirar -quizá
tanto como quienes habían asistido a la boda- el elegante porte de la pareja.
El teniente, de pie
junto a su esposa, lucía majestuoso en su uniforme militar. Su mano derecha
descansaba sobre el puño de la espada y, la mano izquierda, sostenía la gorra
de oficial. Su expresión severa traducía claramente la integridad de la
juventud. En cuanto a la belleza de la novia, envuelta en sus blancas
vestiduras, sería difícil encontrar las palabras adecuadas para describirla.
Había sensualidad y refinamiento en sus ojos, en las finas cejas y en sus
labios sensuales. Una mano, tímidamente asomada a la manga del vestido,
sostenía un abanico y las puntas de los dedos, agrupados delicadamente,
eran como el capullo de una flor de luna.
Luego de consumado el
suicidio, muchos tomaron la fotografía y se entregaron a tristes reflexiones
acerca de las maldiciones, que suelen recaer sobre las uniones sin tacha. Tal
vez fuera sólo el efecto de la imaginación pero, al observar el retrato,
parecía casi que los dos jóvenes, antes el biombo dorado, contemplaran con absoluta
claridad la muerte que los aguardaba
Gracias a los buenos
oficios del teniente general habían podido instalarse en su nuevo hogar. En
realidad aquel nuevo hogar no era sino una vieja casona alquilada de tres
dormitorios, con un pequeño jardín en el fondo. Instalaron el
dormitorio y la sala de recibo en la habitación del piso superior, pues
el resto de la casa no recibía la luz del sol. No tenían
sirvientes; ella cuidaba del hogar, en ausencia de su marido.
El viaje de bodas
quedó postergado, por coincidir con una época de emergencia nacional. El
teniente y su esposa pasaron la primera noche de casados en la vieja casa. Muy
tieso, sentado sobre el piso, con su espada frente a él, le hizo escuchar a su
esposa un discurso de corte militar, antes de llevarla al lecho nupcial. Una
mujer que contrajo matrimonio con un soldado, debía saber y aceptar sin
vacilaciones el hecho de que la muerte de su marido podía llegar en cualquier
momento. Quizás, al día siguiente, no importaba cuándo: ¿Estaba conforme con
aceptarlo? Se puso de pie y, abriendo la vitrina, tomó de ella su más
preciado bien, un puñal, regalo de su madre. Se comprendieron perfectamente,
sin necesidad de palabras y el teniente no pudo nunca más a prueba la
resolución de su mujer.
Durante los primero
meses que siguieron a la boda, su belleza se hizo cada día más
radiante. Brillaba, serena, como la luna después de la lluvia. Como ambos
estaban dotados de cuerpos sanos y vigorosos, su relación era apasionada y no
se limitaba a las horas de la noche. En más de una ocasión, al regresar a su
hogar, directamente del campo de maniobras, y aún con el uniforme salpicado de
barro, el teniente había poseído a su mujer en el suelo, apenas abierta la
puerta de la casa. Su mujer le correspondía con el mismo ardor. En
aproximadamente un mes, contando la noche de bodas, ella conoció la absoluta
felicidad y el teniente -al comprobarlo- se sintió también muy feliz.
El cuerpo de ella era
blanco y puro; de sus pechos turgentes emanaba un rechazo firme y casto que,
cuando gozaba, se mudaba en la más íntima y acogedora tibieza. Aun en los
momentos de mayor intimidad, se mantenían extraordinariamente serios.
Conservaban sus corazones sobrios y austeros, en medio de las más embriagadoras
demostraciones de pasión.
El teniente recordaba
a su mujer, durante el día, en los cortos períodos de descanso, entre su
entrenamiento y su retorno al hogar; ella no olvidaba a su marido, en ningún
momento. Cuando estaban separados, les bastaba con mirar solamente la
fotografía de su casamiento para ratificar una vez más su felicidad. A ella no
le sorprendía, en lo más mínimo, que un hombre que había sido un extraño hasta
algunos meses atrás, se hubiera convertido en el sol, alrededor del cual giraba
toda su vida y su mundo.
Esta relación tenía
una base moral y seguía fielmente, el mandato de los Principios de la Educación , en los que se
estipula que “la armonía reinará entre el marido y la mujer”. Reiko no encontró
jamás la ocasión de contradecir a su marido y el teniente no tuvo motivo alguno
para reñir a su mujer.
En el nicho, debajo de
la escalera, junto a la tablilla del Gran Santuario Ise, habían colocado
fotografías de sus Majestades Imperiales; cada mañana, antes de partir hacia
sus obligaciones, el teniente y su mujer se detenían frente a ese lugar
santificado y, juntos hacían en una profunda reverencia. La ofrenda de
agua se renovaba cada mañana y la rama sagrada de saski estaba siempre verde y
fresca. Sus vidas se deslizaban bajo la solemne protección de los dioses y
estaban colmadas de una felicidad intensa, que hacía vibrar cada fibra de su
cuerpo
III
Aun cuando la casa
se hallaba en la vecindad, nadie escuchó allí el tiroteo por la mañana
del 26 de febrero. Aquel fue un ruidoso toque de atención, en el amanecer
nevado, que interrumpió bruscamente el sueño del teniente. Saltó inmediatamente
de la cama y, sin pronunciar palabra, vistió el uniforme, se ajustó la espada
que le tendía su mujer, y se precipitó hacia la calle, cubierta de nieve, en el
oscuro amanecer. No regresó a su hogar hasta la noche del día veintiocho.
Algo más tarde, ella
escuchó por radio las noticias sobre aquella súbita erupción de violencia.
Vivió los dos días siguientes en completa y tranquila soledad, tras la puerta
cerrada.
Ella leyó la
presencia de la muerte, en el rostro de su marido, al marcharse a toda prisa
bajo la nieve. Si él no regresaba, su propia decisión era también muy firme:
moriría con él.
Se dedicó, entonces, a
ordenar sus pertenencias personales. Eligió sus mejores conjuntos de quimonos
-como recuerdo para sus amigas de colegio- y escribió un nombre y una
dirección, sobre el rígido papel.
Como su marido le
recordaba constantemente que no debía pensar en el mañana, ni
siquiera había escrito un diario y se encontraba ahora, en la imposibilidad de
releer lo pasajes, en los cuales hubiera dado testimonio de su felicidad. Sobre
la radio se destacaban un perrito de porcelana, un conejo, una ardilla, un oso
y un zorro. Tampoco faltaba allí un jarrón. Estos objetos constituían su
única colección . Sin embargo, de nada serviría regalarlos, como recuerdos.
Tampoco sería apropiado pedir específicamente que fueran incluidos en el ataúd.
Mientras estos objetos desfilaban por su mente, tuvo la sensación de que los
pequeños animales parecían cada vez más tristes y desamparados.
Tomó la ardilla en su
mano y la observó. Fue entonces cuando, con sus pensamientos puestos en un
reino mucho más alejado que estos afectos infantiles, vio en la lontananza el
sol, que personificaba a su marido. Estaba pronta y feliz de terminar sus
días en compañía de aquel hombre deslumbrante, pero en ese momento de soledad
se permitió regocijarse con el inocente afecto por aquellas bagatelas. Ya había
pasado el tiempo en que realmente las había amado. Ahora solamente
acariciaba su recuerdo y el lugar que ocuparan en su corazón se había colmado
definitivamente con pasiones más intensas.
Ella jamás había
supuesto que las turbadoras emociones de la carne fueran sólo un placer. La
baja temperatura de febrero y el contacto con la gélida porcelana de la ardilla
habían entumecido sus dedos. Sin embargo, bajo los dibujos simétricos de su
acicalado quimono podía sentir, cuando recordaba los poderosos brazos del
teniente, una cálida humedad que -desde su piel- desafiaba el frío.
No experimentaba
absolutamente ningún temor por la muerte rondando próxima. Mientras
esperaba sola, en su casa, no dudaba en que la angustia y la congoja que
estaría experimentando su marido en aquellos momentos la llevarían a una, con
tanta certeza como su intensa pasión, a una muerte agradable. Sentía
profundamente que su cuerpo podría disolverse con facilidad y convertirse en
uno, con el pensamiento de su marido.
A través de los
noticieros radiales, escuchó los nombres de varios colegas de su marido,
mencionados entre lo insurgentes. Estas eran noticias de muerte. Se preguntaba
con ansiedad, a medida que la situación se hacía más difícil, porqué no se
emitía una orden Imperial. El movimiento, que en un principio había parecido
ser un intento de restaurar el honor nacional, se había convertido gradualmente
en un motín infame. El regimiento no había dado ningún comunicado y se
suponía que, en cualquier momento, podría comenzar la lucha en las calles aún
cubiertas de nieve.
El veintiocho, a la
caída del sol, furiosos golpes estremecieron a Reiko. Bajó precipitadamente las
escaleras y, mientras con dedos inexpertos tiraba del pasador, la silueta
apenas delineada tras los vidrios cubiertos de escarcha, no emitía sonido alguno.
Sin embargo, no dudó de la presencia de su marido. Nunca antes había tenido
tanta dificultad en abrir la puerta. Cuando finalmente pudo lograrlo, se
encontró frente al teniente, enfundado en un capote color kaki y con las botas
de campaña salpicadas de barro.
Su mujer no comprendió
por qué él cerró la puerta y corrió nuevamente el pasador.
-Bienvenido a casa-.
La joven ejecutó una profunda reverencia a la cual su marido no respondió. Se
había quitado la espada y comenzaba a desembarazarse del capote. Ella quiso
ayudarlo. El saco, que estaba frío y húmedo y había perdido el olor a estiércol
que tenía normalmente, cuando se lo exponía al sol, le pesaba en el brazo. Lo
colgó de una percha y sosteniendo la espada y el cinturón de cuero entre sus
mangas, esperó a que su marido se quitara las botas. Luego lo siguió hasta la
sala de la habitación.
Bajo la clara luz de
la lámpara, el rostro barbudo y agotado de su marido era casi irreconocible.
Las mejillas hundidas habían perdido su brillo y su elasticidad. En circunstancias
normales hubiera cambiado su ropa por otra de entre casa y la hubiera urgido a
servir la comida de inmediato. En cambio, aquella noche se sentó frente a la
mesa, vistiendo el uniforme y con la cabeza hundida sobre el pecho.
Reiko se abstuvo de
preguntar si debía preparar la comida.
_Yo no sabía
nada- dijo el hombre, al cabo de un silencio. -No me pidieron que me uniera a
ellos. Quizá no lo hicieron al saberme recién casado. y también evocó los
rostros de los alegres oficiales jóvenes, amigos de su marido, que habían
concurrido a aquella casa en calidad de invitados.
_Quizá mañana se
publique una Ordenanza Imperial. Supongo que serán juzgados como rebeldes.
Estaré a cargo de la unidad con órdenes de atacarlos. No puedo hacerlo.
Sería simplemente imposible;- guardó silencio.
_Me han dispensado de
las guardias y estoy autorizado para volver a casa por una noche. Mañana, a
primera hora, deberé unirme al ataque sin proferir una réplica. No puedo
hacerlo,
Ella estaba sentada,
muy tiesa, con los ojos bajos. Comprendía muy claramente que su marido hablaba
en términos de muerte. El teniente estaba resuelto y, aún cuando todavía
planteaba el dilema, en su mente, ya no cabían las vacilaciones.
Sin embargo, en el
silencio que se estableció entre ambos, todo quedó en claro con la misma
transparencia de un cauce de agua alimentado por el deshielo.
Ya en su casa, después
de la larga prueba de dos días y contemplando el rostro de su hermosa mujer, el
teniente experimentó por primera vez una verdadera paz interior. Había
intuido de inmediato que su mujer conocía la resolución que ocultaban sus
palabras.
_Bien, entonces (el
teniente abrió, grandes los ojos; pese al cansancio, su mirada era fuerte y
transparente y no la apartó de su esposa) esta noche me abriré el estómago.
Reiko no vaciló.
_Estoy preparada,
dijo: permíteme acompañarte_.
El teniente se sintió
casi hipnotizado por la mirada implorante de mujer. Sus palabras comenzaron a
fluir fácilmente, como expresadas en delirio. Otorgó su aprobación a aquella empresa
vital, en una forma descuidada y negligente, que parecía escapar a su
entendimiento.
_Bien. Nos iremos
juntos. Pero, antes, quiero que seas testigo de mi muerte_.
Ya de acuerdo, sus
corazones se vieron inundados por una repentina felicidad. Reiko estaba
profundamente conmovida por la confianza que depositaba en ella su marido. Era
vital para el teniente que no se cometieran irregularidades en su muerte. Por
esta razón era necesario un testigo. Y el haber elegido para tal fin a su
mujer, demostraba una profunda y absoluta confianza. En segundo lugar, y eso
era aún más importante, aunque había rogado a Reiko que muriera con él,
ni siquiera intentaba ultimar a su esposa primero, sino que dejaba aquel
momento librado al criterio de ella, para cuando él ya no estuviera allí,
verificándolo todo. Si el teniente hubiera abrigado la menor sospecha,
cumpliendo el pacto de los suicidas, la habría ultimado en primer término.
Cuando su mujer le
dijo: ¿Me permites acompañarte?, el teniente comprendió con estas palabras
el fruto de las enseñanzas impartidas, desde la noche del casamiento. La había
educado en forma tal que, llegado el momento, respondía en los exactos términos
que correspondían. Era éste un halago a la confianza en sí mismo. No era
ni tan romántico ni tan presuntuoso como para creer que esas palabras eran
dichas espontáneamente, sólo por amor.
Sus corazones estaban
tan inundados de felicidad, que no podían dejar de sonreír. Su mujer se sentía
de nuevo en su noche de bodas. Ante sus ojos no existían ni el dolor ni la
muerte. Sólo creía ver un ilimitado espacio abierto hacia vastos horizontes.
_El agua está
caliente. Ahora te darás un baño.
_Sí, por supuesto.
_ ¿Y la comida?
Las palabras fueron
pronunciadas en un tono tan tranquilo y doméstico que, por una fracción de
segundo, el teniente creyó haber sido juguete de una alucinación.
_ No creo que sea
necesario. ¿Podrías calentar un poco de sake?
_Como quieras.
Ella se levantó y al
tomar del ropero un vestido para después del baño, atrajo deliberadamente
la atención de su marido sobre los cajones vacíos. El teniente observó el
interior del mueble. Leyó las direcciones sobre los regalos recordatorios. No
hubo pena en él, frente a la heroica determinación de ella. Como un marido a
quien su joven esposa enseña con orgullo sus compras pueriles, el teniente,
inundado de afecto, abrazó a su mujer por la espalda y la besó en el
cuello.
Ella sintió la
aspereza de aquel rostro sin afeitar. Esta sensación encerraba para ella toda
la alegría del mundo, y ahora –sintiendo que iba a perderla para siempre-
percibía una frescura más allá de toda experiencia. Cada momento parecía
contener una infinita fuerza vital. Los sentidos se despertaron en todo su
cuerpo. Aceptando las caricias de él Reiko se alzó sobre la punta de sus pies y
dejó que aquella vitalidad atravesara todo su cuerpo.
_Primero el baño y
luego, después de tomar sake. Prepara las camas arriba, ¿quieres?
El teniente susurró
algo en el oído de su mujer y ella asintió silenciosamente.
El teniente se quitó
con apuro el uniforme y se dirigió al baño. Al escuchar el suave ruido del
agua, llevó el brasero de carbón hasta la sala y comenzó a calentar la bebida.
Tomó la bata, una faja
y su ropa interior. Se dirigió al baño para controlar el calor del agua. En
medio de una nube de vapor, él se afeitaba con las piernas cruzadas en el
suelo. Ella pudo distinguir los músculos de su fuerte espalda húmeda, que
respondían a los movimientos de los brazos.
Nada sugería algún
acontecimiento anormal. Reiko se ocupaba diligentemente de sus tareas y
preparaba platos improvisados. Sus manos no temblaban y se mostraba más
eficiente y desenvuelta que de costumbre. De tanto en tanto, sentía extrañas
palpitaciones en el centro del pecho, pero eran como luces distantes. Tenían un
momento de gran intensidad y luego se desvanecían, sin dejar huellas. Omitiendo
esto, no parecía ocurrir nada fuera de lo habitual.
Mientras se afeitaba
en el baño, él sintió que su cuerpo tibio se libraba por milagro de la
desesperada fatiga de aquellos días de incertidumbre y se llenaba de una
agradable expectativa, pese a la muerte que lo aguardaba. Podía oír vagamente
los ruidos habituales con los cuales su mujer cumplía los quehaceres y un deseo
físico, postergado durante dos días, se presentó nuevamente.
El teniente confiaba
en que no había habido impureza en ese deseo, experimentado, mientras resolvían
morir. Ambos habían sentido en aquel momento, aun cuando no de un modo claro y
consciente, que esos placeres permisibles estaban de nuevo bajo la protección
del Bien y del Poder Divino. Los protegía una moralidad total e
intachable. Al mirarse a los ojos y descubrir en su interior una muerte
honorable, estaban de nuevo a salvo, tras las paredes de acero, que nadie puede
destruir, enfundados en la impenetrable coraza de la
Belleza y la Verdad. Él
podía entonces considerar su patriotismo y las urgencias de su carne como parte
de un todo.
Acercó aún más la cara
al oscuro y agrietado espejo de pared y se afeitó con cuidado. Aquel era
el rostro que presentaría en la muerte y era importante que no tuviera
imperfecciones. Sus mejillas recién afeitadas irradiaban -de nuevo- el brillo
de la juventud y parecían iluminar la opacidad del espejo. Sintió que había
cierta elegancia en la asociación de la muerte con aquella cara sana y
radiante.
Sería su rostro de
difunto. En realidad ya había dejado a medias de pertenecerle, para convertirse
en el busto de un soldado muerto. A título de experimento, cerró con
fuerza los ojos y todo quedó envuelto en la oscuridad. Ya no era una criatura
viva. Al salir del baño, con un tenue reflejo azulado, bajo la tersa piel de
las mejillas, se sentó junto al brasero de carbón. Advirtió que, pese a
hallarse ocupada, Reiko había encontrado el tiempo necesario para retocar su
cara. Su rostro estaba fresco y sus labios húmedos. Era imposible encontrar en
ella el menor rastro de tristeza y, al observar aquella demostración de la
personalidad apasionada de su mujer, pensó que había elegido a la esposa que
correspondía.
Tan pronto como hubo
vaciado su taza, se la ofreció a ella, quien nunca lo había probado. La joven
bebió un sorbo, tímidamente.
_Ven aquí- dijo el
teniente.
Ella se acercó a su
marido y mientras él la abrazaba se sintió profundamente conmovida, como si la
tristeza, la alegría y el poderoso sake se mezclaran dentro de ella.
Él contempló las
facciones de su esposa. Era el último rostro que vería en este mundo. Lo
estudió minuciosamente con los ojos de un viajero despidiéndose de espléndidos
paisajes.
Reiko tenía una cara
de rasgos regulares y labios suaves. El teniente no se cansaba de
contemplarla: la besó en la boca. Y de repente, sin que se alterara su belleza
por el llanto, las lágrimas comenzaron a brotar con lentitud, bajo las largas
pestañas y corrieron -como hilos brillantes- por sus mejillas.
Luego, él quiso subir
al dormitorio, pero ella le suplicó que le diera tiempo a tomar su baño. Él
subió, pues, solo, y se acostó con los brazos y piernas abiertas en la
habitación entibiada por la estufa de gas. Incluso el tiempo que transcurrió,
esperando a su mujer, no fue más largo de lo habitual.
Colocó las manos bajo
la cabeza y observó las vigas del techo. ¿Esperando la muerte? ¿Un salvaje
éxtasis de los sentidos? Ambas cosa parecían sobreponerse, como si el objeto
del deseo físico fuera la muerte misma.
Nunca había gozado de
una sensación de libertad tan absoluta.
Un coche frenó y pudo
escuchar el chirrido de las ruedas, patinando sobre la nieve, apilada en los
bordes de la calle. La bocina repercutió en las paredes cercanas. Al percibir
esos ruidos él pensó que aquella casa se levantaba como una isla solitaria, en
el océano de una sociedad ocupada sin cansancio, en los mismos asuntos de
siempre. A su alrededor se extendía en desorden el país, por el cual estaba
sufriendo y dispuesto a dar la vida. No sabía ni le importaba si aquella gran
nación reconocería su sacrificio. En su campo de batalla no existía la gloria:
era la trinchera del espíritu.
Los pasos de su mujer
resonaron en la escalera. Crujían los empinados escalones de la antigua morada
y estos sonidos lo inundaron de gratos recuerdos. En cuántas ocasiones los
había escuchado desde la cama. Al reflexionar en que ya no volvería a
percibirlos, se concentró en ellos, tratando de que cada rincón de aquel tiempo
precioso se colmara con el ruido de las suaves pisadas, en la vieja escalera.
Tales instantes parecieron transformarse en joyas rutilantes de luz interior.
Reiko tenía una faja
sobre la bata y su color estaba atenuado por la media luz. Él quiso
asirla, pero la mano de ella corrió en su ayuda: la faja cayó al suelo.
Ella estaba de pie
frente a él. El hombre hundió las manos en las aberturas laterales bajo las
mangas y la abrazó intensamente. El roce de sus dedos sobre la piel desnuda y
sentir que las axilas se cerraban con suavidad sobre sus manos, encendió aún
más su pasión y, pocos instantes más tarde, ambos yacían desnudos, frente al
brillante fuego de la estufa.
No pronunciaron
palabra alguna, pero sus cuerpos y sus corazones se inflamaron al saber que
aquél era su último encuentro. Era como si las palabras “Última Vez” hubieran
sido estampadas con pinceladas invisibles, sobre cada centímetro de sus
cuerpos. Atrajo a su mujer y la besó con vehemencia. Sus lenguas exploraron las
bocas, adentrándose en su interior -suave y húmedo- y fue como si las aún
desconocidas agonías de la muerte templaran sus sentidos como el acero al rojo
vivo. Los lejanos dolores finales habían refinado su percepción amorosa.
_ Es la última vez que
voy a verte, murmuró. Déjame mirar y tomando la lámpara en una mano, dirigió un
haz de luz sobre el cuerpo extendido de su mujer.
Ella había cerrado los
ojos. La luz de la lámpara destacaba la majestuosidad de su carne blanca. El
teniente, con un dejo de egocentrismo, se alegró pensando en que jamás vería aquella
belleza derrumbarse frente a la muerte.
Contempló sin apuro
aquel inolvidable espectáculo. Acariciaba la sedosa cabellera, palmeaba
suavemente el bello rostro y besaba todos los puntos, donde se detenía su
mirada. La frente alta tenía una serena frescura; los ojos cerrados se orlaban
de largas pestañas; bajo las cejas, finamente dibujadas, y el brillo de los
dientes se entreveía los labios llenos. Todo ello configuraba en la mente
de él la visión de una máscara mortuoria radiante y una y otra vez apretó sus
labios contra la blanca garganta, donde la mano de Reiko no tardaría en
descargar su certero golpe. El cuello enrojeció bajo sus besos y volviendo
suavemente a los labios de su amada, apoyó su boca sobre ellos, como el
fluctuante movimiento de un pequeño bote. Cerró los ojos; el mundo se convertía
así en una mecedora.
Su boca seguía
fielmente el recorrido de sus ojos. Los pechos altos y turgentes, terminados
como capullos de cerezo silvestre, se endurecían al contacto de sus labios. Los
brazos emergían mansamente a ambos lados, afinándose hacia las muñecas, pero
sin perder su redondez ni su simetría. Los dedos delicados eran aquellos que
habían sostenido el abanico, durante la ceremonia nupcial. A medida que los
besaba, se retraían, como avergonzados. El hueco natural, que se curva entre el
pecho y el estómago, tenía en sus líneas no sólo la sugestión de la tersura,
sino la fuerza de la elasticidad y anunciaba las ricas curvas, que se extendían
hasta las caderas. La riqueza y la blancura del vientre y las caderas eran como
la leche contenida en un amplio recipiente. El hoyo sombreado del ombligo podía
haber sido la huella de una gota de agua recién caída allí. Donde las sombras
se hacían más intensas, el vello crecía apretado, dulce y sensible y, a medida
que la excitación aumentaba en aquel cuerpo, que ya había dejado de mostrarse
pasivo, un aroma de flores ardientes se hacía cada vez más penetrante.
Ella habló, por fin,
con voz trémula:
_Muéstrame, déjame
mirar por última vez.
El teniente no había
escuchado nunca de labios de su mujer un pedido tan firme y definido. Era como
si su modestia ya no pudiera ocultar algo que, ahora, se libraba de las trabas
que la oprimían. Él se recostó sumiso para someterse a los requerimientos de su
mujer. Ella alzó su cuerpo blanco y tembloroso y ardiendo en un inocente
deseo de devolverle todo cuanto había hecho con ella, puso sus blancos dedos
sobre los ojos de su marido y los cerró con suavidad.
De repente, inundada
de ternura, con las mejillas encendidas por el vértigo de la emoción,
abrazó la cabeza rapada y el pelo afeitado lastimó su pecho. Aflojando el
abrazo contempló luego el rostro varonil de su marido. Las cejas severas, los
ojos cerrados, el espléndido puente de la nariz, los labios firmes y bien dibujados.
Lo besó; se detuvo en la ancha base del cuello, en los hombros fuertes y
erguidos, en el pecho poderoso con sus círculos gemelos, semejantes a escudos
de ásperos pezones. Un olor dulce y melancólico se desprendía de las
axilas profundas, sombreadas por la carne abundante del pecho y de los hombros.
En cierto modo, la esencia de la muerte joven estaba contenida en aquella
dulzura. Su piel desnuda relucía como un campo de cebada y podía observar
los músculos en relieve, convergiendo sobre el abdomen, alrededor del ombligo,
pequeño y modesto. Al mirar el estómago firme y joven, cubierto por un vello
vigoroso, pensó que pronto iba a ser cruelmente lacerado por la espada y,
reclinando la cabeza, rompió en sollozos y lo cubrió de besos.
Al sentir las lágrimas
de su mujer, él se sintió capaz de afrontar con valor las más crueles
agonías del suicidio.
Resulta fácil imaginar
a qué éxtasis llegaron después de aquellos tiernos intercambios. El teniente se
incorporó y rodeó con un potente abrazo a su mujer, cuyo cuerpo estaba
exhausto, luego de tantas lágrimas y aflicciones. Juntaron sus caras
apasionadamente, restregando las mejillas. El cuerpo de ella temblaba. Sus
pechos húmedos estaban con fuerza apretados y cada milímetro de aquellos
cuerpos jóvenes y espléndidos se había compenetrado tanto con el otro, que
parecía imposible separarlos jamás. Ella gritó. Desde las alturas
se sumergieron en el abismo y, de allí, una vez más hasta embriagantes alturas.
Él jadeaba como el portador de un estandarte. Al terminarse un ciclo, surgía de
inmediato una nueva ola de placer y, juntos, sin muestras de fatiga, se
elevaron de nuevo hasta la cima misma de un nuevo movimiento jadeante.
IV
Cuando él se volvió
finalmente no fue por cansancio. No quería agotar la considerable fuerza física
que necesitaría para llevar a cabo su suicidio. Además, hubiera lamentado
enturbiar la dulzura de aquellos últimos momentos, abusando de esos goces.
Con su habitual
complacencia, siguió el ejemplo de su marido. Los dos yacían desnudos, con los
dedos entrelazados, mirando firmemente el oscuro cielo raso. La habitación
estaba caldeada por la estufa y, en la noche silenciosa, no se escuchaba el
tráfico callejero. Ni siquiera llegaba hasta ellos el fragor de los trenes y
ómnibus de la estación. que se perdía en el parque, poblado de árboles frente a
la ancha carretera que bordea el Palacio. Resultaba difícil pensar en la
tensión existente en el barrio, donde las dos fracciones del ejército imperial
se preparaban para la lucha.
Deleitándose en su
propio calor, los jóvenes rememoraron en silencio los éxtasis recientes.
Revivieron cada momento de la pasada experiencia, recordaron el gusto de los
besos, nunca agotados, el contacto de la piel desnuda, tanta embriagante
felicidad. Pero ya entonces, el rostro de la muerte acechaba, desde las vigas
del techo. Aquellos habían sido los últimos placeres de sus cuerpos y no
los disfrutarían nunca más. Ambos pensaron que, aun cuando vivieran hasta una
edad avanzada, no volverían a disfrutar de un goce tan intenso.
También se
desprenderían sus dedos entrelazados. Hasta los dibujos de las oscuras vetas de
la madera, desaparecerían pronto. Era posible detectar el avance de la muerte.
En aquel momento ya no cabían dudas: era menester tener el coraje necesario,
salir al encuentro y atraparlo.
-Podemos prepararnos,
dijo el teniente. La determinación que encerraban sus palabras era
inconfundible, pero tampoco había habido nunca tan cálidas y tiernas
inflexiones en su voz.
Varias tareas los
aguardaban.
El teniente, que no
había ayudado nunca a guardar las camas, empujó la puerta corrediza del
armario, alzó el colchón y lo depositó dentro de él.
Apagó la estufa
y la luz. En ausencia de él, había aseado todo cuidadosamente, y ahora,
aquella habitación presentaba la apariencia de una lista para recibir a
importantes invitados.
_Aquí bebieron
nuestros amigos...
_Sí, eran todos
grandes tomadores de vino.
_ Nos reuniremos
pronto con ellos, en el otro mundo. Se burlarán de nosotros, cuando adviertan
que te llevo conmigo.
Al bajar la escalera,
se volvió para contemplar la limpia y tranquila habitación, iluminada por la
araña. En su mente flotaba el recuerdo de los jóvenes oficiales, que allí
habían bebido y bromeado inocentemente.
Nunca había imaginado,
entonces, que en aquella habitación se abriría el estómago.
El matrimonio se ocupó
despacio y con serenidad de sus respectivos preparativos, en las dos
habitaciones de la planta baja. Él fue primero al baño. Mientras tanto,
ella doblaba y guardaba la bata acolchada de su marido, ordenaba la túnica del
uniforme, los pantalones y un calzoncillo blanco recién cortado; disponía unas
hojas de papel, sobre la mesa del comedor, para las notas de despedida. Luego,
tomó la caja, que contenía los elementos para escribir, y comenzó a raspar la
tableta para hacer tinta. Ya había decidido el contenido de su última misiva.
Sus dedos
apretaron fuertemente las frías letras doradas de la tableta y el agua
del tintero se tiñó de inmediato, como si una oscura nube hubiera pasado sobre
él.
Todo aquello no era
sino una solemne preparación para la muerte. La rutina doméstica o una forma de
pasar el tiempo, hasta que llegara el momento del enfrentamiento definitivo.
Una inexplicable oscuridad brotaba del olor de la tinta, al espesarse.
El teniente salió del
baño. Vestía el uniforme sobre la piel. Sin pronunciar una palabra, tomó
asiento frente a la mesa y, empuñando el pincel, permaneció indeciso frente al
papel que tenía delante.
Tomó el quimono
de seda blanca y, a su vez, entró en el baño. Cuando apareció en la habitación,
ligeramente maquillada, la misiva ya estaba terminada; la había colocado bajo
la lámpara. Las gruesas pinceladas negras sólo decían: “¡Viva las Fuerzas
Imperiales!
Observó, en silencio,
los controlados movimientos con los cuales los dedos de su mujer manejaban el
pincel.
Con sus respectivas
esquelas en la mano – su espada ajustada sobre su costado y su pequeña daga
dentro de la faja de su quimono blanco, ambos permanecieron frente al santuario,
rezando en silencio.
Luego, apagaron todas
las luces de la planta baja. Mientras subían, él volvió la cabeza y observó la
llamativa silueta de su mujer que, toda vestida de blanco y -con los ojos
bajos- iba tras él.
Acomodaron las notas
de despedida una junto a la otra en la alcoba de la planta alta. Por un momento
pensaron en descolgar el pergamino, pero como había sido escrito por el
General O y consistía en dos caracteres chinos que significaban “Sinceridad”,
lo dejaron donde estaba. Pensaron que, aunque se manchara de sangre, no se
ofendería.
Shinji tomó asiento,
de espaldas a la habitación y, muy erguido, colocó su espada frente a él.
Reiko se sentó,
enfrentándolo, a un metro de distancia. El toque de pintura, en sus labios,
parecía aún más seductor, sobre el severo fondo blanco.
Se miraron
intensamente a los ojos a través de la distancia que los separaba. Su espada
casi tocaba sus rodillas. Al verla, recordó su primera noche de casada y
se sintió abrumada de tristeza. Finalmente él habló con voz ronca:
_Como no voy a tener
quien me ayude, me haré un corte profundo. Puedes que sea desagradable. Por
favor, no te asustes. La muerte es algo horrible de presenciar, en cualquier
circunstancia. No debes dejarte atemorizar: ¿Comprendes?
Ella asintió con una
profunda inclinación de cabeza.
Al mirar la esbelta
figura blanca de su mujer, experimentó una extraña excitación. Estaba por
llevar a cabo un acto que requería toda su capacidad de soldado; algo que le
exigía un resolución similar al coraje, que se necesita para entrar en combate.
Sería una muerte no menos importante ni de menor calidad, que si hubiera
acaecido en el frente de batalla.
Por unos instantes el
pensamiento llevó al teniente a elaborar una rara fantasía. Una muerte
solitaria, en el campo de lucha; una muerte frente a los ojos de su bella
esposa. Una dulzura sin límites lo invadió, al experimentar la sensación
de morir.
-Este debe ser el
pináculo de la buena fortuna- pensó. El hecho de que aquellos magníficos ojos
observaran cada minuto de su muerte equivalía a ser llevado al más allá, en
alas de una brisa fragante y sutil.
Presentía en aquella
circunstancia una suerte de merced especial, vedada a los demás,
dispensada sólo a él. El teniente creyó ver en su radiante esposa, ataviada
como una novia, el compendio de todo lo amado, por lo cual iba ahora a entregar
la vida. La Casa Imperial, la
nación, la bandera del Ejército, todas ellas eran presencias que, como su
esposa, lo observaban atentamente con ojos transparentes y firmes.
Reiko también
contemplaba a su marido, que tan pronto habría de morir, pensando que jamás
había visto algo tan maravilloso en el mundo. El uniforme sentaba al
teniente, pero ahora, mientras enfrentaba la muerte -con cejas severas y labios
firmemente apretados- irradiaba una esplendorosa belleza varonil.
_Es hora de partir,
dijo el hombre, por fin.
Ella dobló su cuerpo
hasta el suelo en una profunda reverencia. No podía alzar el rostro. No quería
arruinar su maquillaje con las lágrimas, que le resultaban imposibles de
contener.
Cuando finalmente alzó
la mirada, vio confusamente a través de las lágrimas, que su marido había
enroscado una venda blanca alrededor de su espada, ahora desenvainada. Sólo
dejaba en la punta doce a quince centímetros de acero al desnudo.
Apoyando la espada en
el tatami que tenía frente a él, se alzó sobre las rodillas, se sentó de nuevo
con las piernas cruzadas y desabrochó el cuello del uniforme. Sus ojos no veían
ya a su mujer; lentamente se desprendieron uno por uno los botones chatos de metal.
Observó primero su pecho oscuro y luego su estómago. Desató el cinturón y se
desabrochó los pantalones. Tomó el calzoncillo con ambas manos y lo tiró hacia
abajo, para dejar más libre el estómago. Luego empuñó la espada con la venda
blanca en su filo, mientras con la mano izquierda masajeó su abdomen.
Conservaba la mirada baja.
Para verificar el
filo, abrió la parte izquierda del pantalón, dejando parte del muslo a la
vista deslizando el filo sobre la piel. La sangre brotó de inmediato de
la herida y varias gotas brillaron a la luz.
Era la primera vez que
veía la sangre de su marido y experimentó violentas palpitaciones en el
pecho. Observó su rostro y vio que estudiaba con calma su propia sangre. Pese a
que era un consuelo superficial, sintió cierto alivio.
Los ojos del hombre se
fijaron en ella con una mirada penetrante como la de un halcón. Ubicando la
espada frente a él, se alzó sobre sus muslos e inclinó la parte superior del
cuerpo sobre la punta de la espada. La excesiva tensión que presentaba la tela
del uniforme indicaba a las claras que estaba reuniendo todas sus fuerzas. Se
proponía asestar un profundo golpe en la parte izquierda del estómago y su
grito agudo traspasó el silencio de la habitación.
Pese a su esfuerzo,
tuvo la sensación de que era otro quien había golpeado su estómago, como con
una gruesa barra de hierro. Durante algunos segundos su cabeza giró
vertiginosamente y no recordó lo que había sucedido. Los doce o quince
centímetros de punta desnuda habían desaparecido por completo en su carne y el
vendaje blanco, sujeto con fuerza por su puño cerrado, presionaba directamente
el estómago.
Recuperó la
conciencia. Pensó que el filo había atravesado las paredes del
abdomen. Su respiración era dificultosa; el pecho le palpitaba con violencia y
en alguna zona remota, desligada de su persona, un dolor terrible e
insoportable se alzaba en forma avasalladora, como si la tierra se abriera para
vomitar un cauce de rocas hirviendo. El dolor se acercó -de repente- a una
velocidad vertiginosa. Se mordió el labio inferior y sofocó un lamento
instintivo.
-Es esto el seppuku,
pensó. Experimentaba una sensación de caos total, como si el cielo se hubiera
desplomado sobre él y todo el universo girara, como efecto de una enorme
borrachera. Su fuerza de voluntad y su coraje, que tan fuertes se manifestaran,
antes de la incisión, se habían reducido ahora a una fibra de acero, del
grosor de un cabello. Lo asaltó la incómoda sensación de que
tendría que avanzar, asido a esa fibra con toda su desesperación.
Algo humedecía su puño
y, bajando la mirada, vio que tanto su mano como el paño que envolvía la hoja
estaban empapados en sangre. También su calzoncillo estaba teñido de un rojo
intenso. Le pareció increíble que, en medio de aquella agonía, las cosas visibles
pudieran todavía ser vistas y las cosas existentes, existir.
Luchó por no correr al
lado de su esposo al observa la mortal palidez que invadía sus rasgos, después
de clavarse la espada. Sucediera lo que sucediera, su misión era la de
observar: ser testigo. Tal era la obligación contraída con el hombre amado.
Frente a ella, a un metro de distancia, podía ver como su marido se mordía los
labios para ahogar el dolor. Reiko no contaba con ningún medio para rescatarlo.
La transpiración
brillaba en su frente. Cerró los ojos para abrirlos de nuevo, como quien hace
un experimento. Su mirada había perdido todo brillo y los suyos parecían los
ojos inocentes y vacíos de un pequeño animal.
La agonía que se
desarrollaba frente a ella le quemaba como un implacable sol de verano, pero
era algo totalmente alejado de la pena que parecía estar partiéndola en dos. El
dolor crecía con regularidad. Sentía que su marido se había convertido en
un ser de un mundo aparte, en un hombre íntegramente disuelto en el dolor, en un
prisionero en una jaula de sufrimiento, donde ninguna mano podía llegar. Pero
no experimentaba ningún dolor. Su pena no era sufrimiento y, mientras pensaba,
comenzó a sentir como si alguien hubiera levantado una cruel muralla de cristal
entre ellos.
Desde su matrimonio,
la existencia de su marido se había convertido en la suya propia y cada
respiración parecía pertenecer a su mujer
En cambio, ahora,
mientras la existencia de él en el dolor era una realidad viviente, ella no
podía encontrar en su pena ninguna prueba concluyente de su propia existencia.
Usando sólo la mano
derecha, él comenzó a cortarse el vientre de lado a lado. Pero a medida que la
hoja se enredaba en las entrañas, era rechazada hacia fuera por la blanda
resistencia que encontraba allí. Comprendió que sería menester usar ambas manos
para mantener la punta profunda, hundida en su cuerpo. Tiró hacia un costado,
aunque el corte no se produjo con la facilidad que esperaba. Concentró toda la
energía de su cuerpo en la mano derecha y tiró de nuevo; el corte se agrandó de
ocho a diez centímetros.
El dolor se extendió
como una campana, que sonara en forma salvaje o como mil campanas, tocando al
unísono con cada respiración y latido, estremeciendo todo su ser.
No podía contener los
gemidos. La hoja ya se había abierto camino hasta lo bajo del ombligo. Al
advertirlo, él sintió un renovado coraje.
El volumen de la
sangre no había dejado de aumentar y ahora manaba de la herida causado por el
latir del pulso. La estera estaba empapada en sangre, que seguía renovándose
con aquella que chorreaba de los pliegues de su pantalón caqui. Una
salpicadura, semejante a un ave, voló hacia ella y manchó la falda de su
quimono de seda blanca.
Cuando pudo por fin
desplazar la espada hacia el costado derecho, ésta ya cortaba superficialmente
y era posible contemplar su punta desnuda, resbalosa de sangre y grasa. Atacado
súbitamente por terribles vómitos, gritó roncamente. Los vómitos volvieron aún
más horrendo el dolor, y el estómago, que hasta ese momento se había mantenido
firme y compacto, explotó de repente, dejando que las entrañas reventaran por
la herida abierta. Ignorantes del sufrimiento de su dueño, sus entrañas causaban una impresión de salud y
desagradable vitalidad, que las hacía escurrirse blandamente y desparramarse
sobre la estera. La cabeza del hombre se abatió, sus hombros se
estremecieron y un fino hilo de saliva goteó de su boca. Las charreteras
doradas brillaban a la luz. Todo estaba lleno de sangre. Él estaba empapado
hasta las rodillas y ahora se sentaba en una posición encogida y desamparada,
con una mano en el piso. Su cabeza colgaba en el vacío y su cuerpo se sacudía
en interminables arcadas. La hoja de la espada, expulsada de sus entrañas,
estaba totalmente expuesta y aún sostenida por su mano derecha.
Sería difícil imaginar
una visión más heroica, reuniendo sus fuerzas y echando la cabeza hacia atrás.
La violencia del movimiento hizo que su cabeza chocara contra uno de los
pilares de la alcoba.
Hasta ese momento,
había permanecido sentada con la mirada baja, como encandilada por el flujo de
sangre que avanzaba hacia sus rodillas, pero el golpe la sorprendió y tuvo que
alzar la vista.
Su rostro no era el de
un hombre con vida. Los ojos estaban vacíos; la piel lívida; las mejillas y los
labios tenían el color de la tierra seca. Sólo la mano derecha se movía, aún
sosteniendo con trabajo la espada. Se agitó con temblores en el aire,
como la mano de un títere, y luchó por dirigir la punta de la espada hasta la
base del cuello.
Contempló
como su marido intentaba este último conmovedor y fútil esfuerzo. Brillando de
sangre y de grasa, la punta se descargaba una y otra vez contra la garganta.
Siempre fallaba. No le quedaban fuerzas para guiarla y sólo chocaba contras las
insignias del cuello del uniforme, que se había cerrado de nuevo y protegía la
garganta.
No soportó
aquella visión por más tiempo. Intentó ir en ayuda de su marido, pero le
resultaba imposible ponerse de pie. Se arrastró de rodillas y su falda blanca
se tiñó de un rojo intenso. Se ubicó detrás de su marido y lo ayudó, abriendo
solamente el cuello del uniforme. La hoja vacilante por fin contactó con
la piel desnuda de su garganta. Tuvo la sensación de haber empujado a su marido
hacia delante. No fue así. El teniente había dado una última demostración de
fortaleza: echó su cuerpo con violencia contra la hoja y el filo perforó su
cuello, apareciendo luego por la nuca. Permaneció inmóvil, mientras un
tremendo chorro de sangre lo inundaba todo.
V
Descendió con
lentitud la escalera. Sus medias estaban resbalosas de sangre. En la habitación
superior reinaba ahora la más absoluta calma.
Encendió las luces de
la planta baja, verificó los quemadores y la llave principal del gas. Echó agua
sobre el carbón humeante y casi apagado del brasero.
Se detuvo frente al
espejo de la habitación de cuatro tatamis y alzó con moderación su falda.
Las manchas de sangre parecían un alegre dibujo estampado en la parte inferior
de su kimono blanco. Al instalarse frente al espejo, sintió la fría humedad de
la sangre de su marido en los muslos y tuvo un estremecimiento. Se entretuvo un
rato en el baño. Aplicó una generosa capa de rubor sobre sus mejillas y también
abundante pintura en los labios. Este maquillaje ya no estaba destinado a
agradar a su marido. Había algo espectacular y magnífico en los toques de su
pincel. Al levantarse, advirtió que la sangre había mojado la estera, dispuesta
frente al espejo. No lo tuvo ya en cuenta.
La joven se detuvo, al
pisar el corredor de cemento que llevaba a la galería. Su marido había cerrado
el pestillo de la puerta, la noche anterior, en un acto de preparación para la
muerte y -durante un instante- se sumió en la consideración de un simple
problema. ¿Dejaría el cerrojo cerrado? De hacerlo así, podrían transcurrir
varios días antes de que los vecinos advirtieran el suicidio. No le
agradó la idea de dos cadáveres descomponiéndose antes de ser
descubiertos. Después de todo, sería mejor dejar la puerta abierta. Abrió el
cerrojo y dejó la puerta entreabierta de vidrios ligeramente escarchados. El
viento helado se coló de inmediato en la habitación. Nadie pasaba por la calle;
era medianoche y las estrellas resplandecían tan frías como el hielo.
Dejó la puerta
entornada y subió las escaleras. Durante varios minutos caminó de un lado a
otro. La sangre ya se había secado en sus medias. De pronto, un olor peculiar
llegó hasta ella.
El teniente
yacía, boca abajo, en un mar de sangre. La punta de la espada, que sobresalía
de su nuca, parecía haberse hecho más prominente aún. Ella anduvo con
negligencia entre la sangre y se sentó al lado del cadáver de su marido: lo
observó con atención; tenía la mejilla apoyada en la alfombra; los ojos estaban
muy abiertos, como si algo hubiera despertado su atención. Alzó la cabeza, la
apoyó sobre su manga y, limpiándole la sangre de los labios, lo besó por última
vez.
Luego tomó del armario
una manta blanca y un cordón. Para evitar que su falda se desordenara, envolvió
la manta alrededor de su cintura y la sujetó con firmeza con el cordón.
Se sentó muy cerca de
él. Extrajo la daga de su faja, examinó el brillo opaco de la hoja y la acercó
a su lengua. El gusto del acero bruñido era apenas dulce.
No perdió tiempo.
Pensó que el dolor que la había separado de su marido moribundo iba a formar
parte ahora de su propia experiencia. Sólo vislumbró ante sí el gozo de
penetrar en un reino que su amado ya había hecho suyo.
Había percibido algo
inexplicable en la fisonomía agonizante de él. Algo nuevo. Le sería dado, pues,
resolver el enigma. Sintió que, por fin, también podría participar de la
verdadera amarga dulzura del gran principio moral en el cual él había creído.
Empujó entonces la
punta de la daga contra la base de su garganta. A con fuerza. La herida resultó
poco profunda.
Le ardía la cabeza y
sus manos temblaban de modo incontrolable. Forzó la hoja hacia un costado y una
substancia caliente le inundó la boca. Todo se tiñó de rojo frente a sus ojos,
como el fluir de un río de sangre. Reunió todas sus fuerzas y hundió aún más
profunda la daga en su garganta.
domingo, 9 de febrero de 2014
EL TAO -TE- CHING
Traducción chino-inglés: Gia Fu-Feng y Jane English, 1972
Versión del inglés al castellano: Cristina Bosch 2002
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"Nadie como Gia-fu y Jane English ha logrado traducir el estilo simple y
lacónico del Lao Tsu. Una versión inglesa, casi tan sugestiva como los múltiples significados propuestos.
Esta es la más útil y bella traducción
del chino al inglés y lo que ambos tienen que decir es exacto lo que el
universo -en su estado presente-necesita escuchar." Alan Watts.
Gia -Fu nació en Shangai en 1919. Fue
educado en China y vino a los USA en 1947 para estudiar religiones comparadas.
Se licenció en la Univ.
de Pekín y realizó un Master en la
Univ. de Pensilvana. Enseñó en Big Sur California. Murió en
1985.
Cuando Toinette Lippe, en ese momento
editora de Knopf, se puso en contacto con el autor, como no sabía chino
consultó doce traducciones inglesas del Tao. Leyó cada línea fijándose cómo
traducían los otros textos en inglés y los comparaba con los del traductor en
inglés, que por supuesto sabía chino. A veces congeniaban y a veces no. Gia Fu
Feng encontró el modo de expresar con un ritmo natural y con conceptos que no
había sido traducido en otras versiones.
No se detuvieron hasta que el
significado estuvo claramente expresado. El autor creyó que era la manera de
proceder en una editorial: no lo es, por supuesto, aclara Toinette Lippe. Dice
lo siguiente:
El Tao-Te-Ching, el esotérico pero
infinitamente práctico libro, escrito tal vez en el S VI a. C por Lao Tsu ha
sido traducido tan a menudo como la
Biblia.
Esta traducción del
chino clásico fue publicada 25 años atrás y se han vendido más copias que de
cualquier otra versión. Ofrece la esencia de cada palabra y hace de la obra de
Lao Tsu una enseñanza inmediata y viva.
La filosofía de Lao
Tsu es simple; aceptar lo que está frente a uno sin desear que la situación sea
diferente. Estudiar el orden natural de las cosas y trabajar con ellas más que
ir en su contra, porque solamente trae resistencia tratar de cambiar lo que ya
es. La naturaleza provee todo, sin exigir un pago y también provee sin
discriminación; se debe presentar la misma cara a cada uno y tratar a los
hombres como iguales, cualquiera sea su conducta. Si observamos con cuidado,
veremos que la obra se asimila más rápido y fácilmente, si detenemos el
esfuerzo extra de tratar de comprender. En la claridad y la quietud de una
mente abierta, la verdad se verá reflejada. Volveremos a apreciar el sentido original
de la palabra comprender; serviremos a quien sea y lo que sea con ningún
pensamiento personal, que puede ser traducido como virtud o fuerza, que yace en
el Tao como una ley natural. En otras palabras: simplemente ser.
1
El Tao que puede ser expresado no es el Tao eterno.
El nombre que puede ser definido no es el nombre eterno.
Lo que no tiene nombre es el principio del cielo y de la tierra.
El nombre que puede ser definido no es el nombre eterno.
Lo que no tiene nombre es el principio del cielo y de la tierra.
Lo nombrado es la madre de las 10.000
cosas.
Uno puede ver el misterio siempre en lo no deseado.
Uno puede ver las manifestaciones siempre en lo deseado.
Estos dos brotes de la misma fuente difieren en el nombre.
Uno puede ver el misterio siempre en lo no deseado.
Uno puede ver las manifestaciones siempre en lo deseado.
Estos dos brotes de la misma fuente difieren en el nombre.
Esto aparenta oscuridad.
La puerta a todo misterio.
La puerta a todo misterio.
2
Bajo el cielo todos pueden ver la
belleza como belleza,
sólo porque existe la fealdad.
sólo porque existe la fealdad.
Todos pueden saber que lo bueno es bueno,
porque existe el mal.
Por lo tanto, tener o no tener se elevan
juntos.
Lo difícil y la fácil se complementan.
Lo largo y lo corto se contrastan.
Lo alto y lo bajo yacen uno al lado del
otro.
Voces y sonidos se armonizan.
Lo del frente y lo de atrás se sigue uno
al otro.
Por lo mismo, el sabio no hace nada;
enseña a no hablar.
Las 10.000 cosas se elevan y caen sin
cesar,
creando, mas no poseyendo;
trabajando, sin obtener beneficio.
El trabajo está hecho; entonces, es
olvidado;
por lo mismo dura para siempre.
3
No exaltar a los dotados
previene las peleas.
No coleccionar tesoros previene los
robos.
No ver objetos deseables,
previene la confusión del corazón.
El sabio -por consiguiente-gobierna para
vaciar
corazones, alimentar vientres, debilitar
ambiciones,
fortalecer huesos.
Si a la gente les falta conocimiento y
deseo,
entonces los intelectuales no tratarán
de interferir.
Si nada está hecho, todo estará bien.
4
El Tao es un cristal vacío; es usado,
pero jamás colmado.
¡Oh insondable fuente de las 10.000
cosas!
Mitiga lo sarcástico,
desata el nudo,
suaviza el brillo,
únete al polvo.
¡Oh profundidad oculta, aunque siempre
presente!
No sé de dónde viene.
Es el antepasado de los monarcas.
5
El cielo y la tierra son inexorables:
ven las 10.000 cosas como imitaciones.
El sabio es inexorable:
ve a la gente como simulaciones.
El espacio entre el cielo y la tierra es
como un fuelle.
La forma cambia, pero no el modelo;
más se mueve, más cede;
demasiadas palabras cuentan menos.
Abrázate ligero al centro.
6
El espíritu del valle nunca muere;
es la mujer, madre universal.
El camino hacia su puerta es la raíz del
cielo
y de la tierra.
Es como un velo apenas visto:
úsalo; nunca fallará.
7
El cielo y la tierra son eternos.
¿Por qué duran para siempre?
Por que nunca nacieron;
por lo cual, siempre vivieron.
EL sabio queda atrás, por lo mismo es el
primero.
Está apartado, por eso es uno con todo.
Mediante sus actos generosos, logra la plenitud.
8
La suma de la bondad es como el agua.
El agua otorga vida a las 10.000 cosas y
no se esfuerza.
Fluye en sitios que los hombres
rechazan,
como sucede con el Tao.
Morando, quédate próximo a la tierra.
Meditando, entra a lo profundo del
corazón.
Negociando con los otros, sé amable y
bondadoso.
Dialogando, sé auténtico.
Gobernando, sé justo.
En los negocios, sé competente.
En la acción, observa el tiempo.
Sin peleas; sin reproches.
9
Mejor detenerse en seco que llegar al
límite.
Si la hoja está demasiado afilada, el
borde se agota.
Amasa una tienda de oro y jade y nadie
podrá protegerte.
Clama por la salud y los honores y le
seguirá el desastre.
Retírate, cuando el trabajo esté
terminado.
Éste es el camino del cielo.
10
¿Puedes aceptar la separación,
guiando cuerpo y alma y aferrándote a la
unidad?
¿Puedes ser como un recién nacido,
asistiéndole plenamente y volviéndote
flexible?
¿Puedes estar sin mácula,
lavando y secando la visión primera?
¿Puedes vivir sin inteligencia,
amando a todos los hombres y gobernando
el país?
¿Puedes representar el rol de la mujer,
abriendo y cerrando las puertas del
cielo?
¿Eres capaz de no hacer nada,
comprendiendo y estando abierto a todas
las cosas;
otorgando vida y alimentando,
produciendo sin poseer,
trabajando sin obtener beneficio,
gobernando sin dominar?
Esta es la Virtud Primera.
11
Treinta rayos convergen en el eje de la
rueda:
es el
centro vacío que lo hace útil.
La arcilla toma forma en un vaso:
es el espacio sin arcilla que lo hace
útil.
Romper puertas y ventanas en un cuarto:
son los espacios vacío que los hacen
útiles.
Así, pues, el beneficio viene de lo que
se encuentra allí.
La utilidad, de lo que no está allí.
12
Los cinco colores enceguecen el ojo.
Los cinco sentido ensordecen los oídos.
Los cinco sabores dañan el gusto.
Las corridas y la caza enloquecen la
mente.
Los objetos preciosos nos guían hacia
las cenizas.
Así, pues, el sabio es guiado por lo que
siente, no por lo que no ve.
Suelta aquello y elige esto.
13
Acepta la desgracia, deseándola.
Acepta la mala suerte, como condición humana.
¿Qué significa aceptar la desgracia,
deseándola?
Aceptar no es importante.
No estés preocupado con la pérdida o la
ganancia.
Esto es aceptar la desgracia
voluntariamente.
¿Qué significa aceptar la mala suerte
como condición humana?
La desgracia proviene de poseer un
cuerpo.
Sin el cuerpo, ¿cómo podría haber
desgracia?
Rodéate a ti mismo humildemente;
entonces podrás ser confiable de
preocuparte de todas las cosas.
Ama al mundo como a ti mismo.
Por es mismo, podrás de verdad
preocuparte de todas las cosas.
14
Mirar no puede ser visto; está más allá
de la forma.
Oír no puede ser oído; está más allá del
sonido.
Apoderarse no puede ser tomado; es
etéreo.
Estos tres verbos son indefinidos,
Por lo mismo, se ensamblan en uno.
Desde arriba no es brillante.
Desde abajo no es oscuro.
El hilo quebrado, más allá de toda
descripción,
regresa a la nada.
La forma de lo sin forma;
la imagen de lo sin imagen
es denominado lo indefinido, más allá de
la imaginación.
Detente adelante y no existe un
principio.
Síguelo y no existe un fin.
Quédate en el Tao antiguo;
muévete en el presente.
Saber el antiguo principio es la esencia
del Tao.
15
Los ancianos maestros eran sutiles,
misteriosos,
profundos, receptivos.
Lo profundo de su saber es insondable.
Porque es insondable, todo lo que
podemos hacer
es describir su apariencia.
Cuidaos, como hombres cruzando un arroyo
en invierno.
Estad alerta, como hombres concientes
del peligro.
Sed corteses, como huéspedes de visita.
Ceded, como el hielo derritiéndose.
Sed simples, como bloques de madera sin
tallar;
Huecos, como cuevas;
opacos, como turbios charcos.
¿Quién puede esperar en silencio,
mientras el barro se asienta?
¿Quién puede quedarse quieto
hasta el momento de la acción?
Los seguidores del Tao no buscan la
plenitud.
No buscando la plenitud, no está
perseguido
por el deseo del cambio.
16
Vacíate de todo.
Deja la mente que descanse en paz.
Las 10.000 cosas se elevan y caen,
mientras uno observa el regreso.
Crecen y florecen y luego regresan a la
fuente.
Regresar a la fuente es la quietud, que
es el modo de la naturaleza.
El modo de la naturaleza es incambiable.
Conocer con constancia es
discernimiento.
No conocer con constancia lleva al
desastre.
Con una mente abierta tendrás un corazón
abierto.
Tener el corazón abierto es actuar
regiamente.
Ser regio es llegar a lo divino.
Ser divino es ser uno con el Tao.
Ser uno con el Tao es ser eterno y,
aunque el cuerpo muera, el Tao nunca
morirá.
17
Lo muy alto es apenas conocido por los
hombres.
Luego viene aquello que ellos conocen y
aman;
luego aquello que es temido,
luego aquello que es despreciado.
El que no confía suficiente no será de
confiar.
Cuando las acciones son ejecutadas
sin discursos innecesarios,
la gente dice: “¡lo logramos!”
18
Cuando el gran Tao es olvidado,
La bondad y la rectitud se elevan.
Cuando La sabiduría y la lucidez nacen,
la gran simulación comienza,
La piedad filial y la devoción se
levantan,
cuando no existe paz familiar.
Un ministro leal aparece,
cuando el país está confundido y en el caos.
19
Renuncia a la santidad, renuncia al
saber;
y será cien veces mejor para todos.
Renuncia a la bondad, renuncia a la
moral;
y todos los hombres redescubrirán piedad
filial y amor.
Renuncia a la ingenuidad, renuncia al
beneficio;
y desparecerán bandidos y ladrones.
Estos tres verbos son sólo normas; no
son suficientes en sí mismos.
Es más importante
ver la simplicidad,
dejar actuar nuestra genuina naturaleza,
restringir el egoísmo
y templar el deseo.
20
Abandona el saber y libérate de la inquietud.
¿Existe una diferencia entre asentir y
consentir?
¿Existe una diferencia entre el bien y
el mal?
¿Debo temer lo que los otros temen? ¡Qué
tontería!
Otra gente está satisfecha,
divirtiéndose en la fiesta del gran sacrificio.
En primavera, algunos van al parque o
suben a la terraza.
Sólo yo estoy a la deriva, sin saber
dónde me encuentro.
Como un niño recién nacido, antes de
aprender a sonreír,
estoy solo, sin un sitio adónde ir.
Otros tienen más lo de que necesitan;
sólo yo no tengo nada.
Estoy loco -¡oh sí!- y confundido.
Otros hombres son claros y brillantes.
Sólo yo soy oscuro y débil.
Otros hombres son agudos e inteligentes.
Sólo yo soy lánguido y tonto.
¡Oh!
Voy a la deriva, como las olas del mar,
sin límites, como el viento que no
descansa.
Todos están ocupados.
sólo yo estoy sin rumbo y abatido.
Soy diferente.
Estoy alimentado por la Gran Madre.
21
La gran Virtud es seguir el Tao y sólo
el Tao.
El Tao es evasivo e intangible.
Oh, es intangible y evasivo y, sin
embargo, posee una imagen.
Oh, es evasivo e intangible y, sin
embargo, posee una forma.
Oh, es oscuro y negro y, sin embargo,
posee una esencia.
Esta esencia es muy real y allí dentro
yace la fe.
Desde el principio hasta ahora su nombre
no ha sido nunca olvidado
De este modo yo percibo la creación.
¿Cómo sé los caminos de la creación?
Por esto mismo.
22
Sé humilde, y te distinguirás;
cúrvate, y quedarás derecho;
vacíate, y estarás lleno;
desgástate, y serás renovado.
Posee mucho, y quedarás confuso.
Por lo cual, el sabio abrazo el Uno
Y establece un ejemplo para todo.
No haciendo ostentación,
brilla públicamente.
Sin justificarse,
son distinguidos.
Sin ensalzarse,
son reconocidos.
Sin jactarse,
nunca vacilan.
Jamás pelean,
entonces nadie pelea con ellos.
Por lo mismo, los ancianos dicen; “sé
humilde y sobresaldrás”.
¿Es esto un vano decir?
Sé realmente íntegro
y todas las cosas vendrán hacia ti.
23
Hablar poco es natural.
Fuertes vientos no duran toda la mañana.
Lluvias potentes no duran todo el día.
¿Qué ocasiona esto? ¡El cielo y la
tierra!
Si el cielo y la tierra no pueden hacer
las cosas eternas:
¿Cómo será posible para el hombre?
El que sigue el Tao
es uno con el Tao
El que es virtuoso
experimenta la Virtud.
El que pierde el camino,
se siente perdido.
Cuando eres uno con el Tao,
el Tao te da la bienvenida.
Cuando eres uno con la Virtud ,
Cuando eres uno con la pérdida,
la pérdida es experimentada,
queriéndola.
Quien no confía lo suficiente
No será confiable.
24
Quien se para en puntas de pie no es
útil.
Quien grita no puede dar el ejemplo.
Quien hace un show no está aliviado.
Quien es justo consigo mismo no es
respetado.
Quien alardea no realiza nada.
Quien se jacta no perdurará.
Según los seguidores del Tao,
“Estos son alimentos extras y un
lenguaje innecesario”.
No traen felicidad.
Por lo tanto, los seguidores del Tao los
evitan.
25
Algo misteriosamente formado
nace antes del cielo y de la tierra.
En el silencio y el vacío,
deteniéndose solo y sin cambio,
siempre presente y en movimiento.
Tal vez es la madre de las 10.000 cosas.
No conozco sus nombres.
Llámalo Tao.
Por falta de un mundo mejor, lo llamo
grande.
Siendo grande, fluye.
Fluye muy lejos y,
habiendo llegado lejos, regresa.
Por la tanto “el Tao es grande;
el cielo es grande;
la tierra es grande;
el rey también es grande”.
Estos son los cuatro poderes grandes
del universo;
el rey es uno de ellos.
El hombre sigue la tierra.
La tierra sigue el cielo.
El cielo sigue el Tao.
El Tao sigue lo que es natural.
26
Lo pesado es la raíz de lo liviano.
La quietud es el dueño de la zozobra.
Por lo tanto, el sabio, viajando el día
entero,
no pierde de vista su equipaje.
Aunque haya cosas bellas para ver,
se queda desapegado y calmo.
¿Por qué debería el señor de las 10.000
cosas actuar
frívolamente en público?
Ser superficial es perder su propia
raíz.
Estar intranquilo es perder su propio
control.
27
Un buen caminante no deja huellas.
Un buen orador no comete errores.
Un buen contador no necesita detallar.
Una buena puerta no necesita cerrojo y
sin embargo, nadie puede abrirla.
Buenos ligamentos no requieren nudos y
sin embargo, nadie puede extraviarlos.
Por consiguiente, el sabio cuida a todos
los hombres
y no abandona a ninguno.
Cuida todas las cosas
y no abandona nada.
Esto significa “seguir la luz”.
Un buen hombre es
el maestro de un mal hombre.
Un mal hombre es estar a cargo
de un buen hombre.
Si el maestro no es respetado y
al estudiante no le interesa,
la confusión se eleva, por más capaz que
uno sea.
Este es el enigma del misterio.
28
Conoce la fuerza del hombre,
aunque conserva el cuidado de una mujer.
Sé la corriente del universo.
Siendo la corriente del universo,
cada verdad y no desvío
se torna inocente, como un niño.
Conoce el blanco,
pero conserva el negro.
Sé un ejemplo para el mundo.
Siendo un ejemplo para el mundo,
cada verdad y no desvío
regresa al infinito.
Conoce el honor,
pero conserva la humildad.
Sé el valle del universo.
Cada verdad e ingenio
regresa al estado de un bloque sin
tallar.
Cuando el bloque está tallado es útil.
Cuando el sabio lo utiliza, se convierte
en guía.
Por eso el gran tallador talla poco.
29
¿Crees que puedes poseer el universo y
mejorarlo?
No lo creo.
El universo es sagrado.
No lo puedes mejorar.
Si lo intentas, lo arruinarás.
Si intentas cambiarlo, lo perderás.
Así, a veces, las cosas van hacia
delante y
otras, hacia atrás.
A veces respirar es difícil; a veces,
fácil.
A veces tenemos fuerza; a veces, somos
débiles
A veces estamos arriba y a veces, abajo.
Por ende, el sabio esquiva extremos,
excesos
y complacencia.
30
Siempre que adviertas un gobernante en
el sendero del Tao,
adviértele que no use la fuerza para
conquistar el mundo,
porque sólo le causará problemas.
El trueno anuncia la primavera por donde
el ejército pasó.
Magros años siguen el despertar de una
guerra.
Haz sólo lo que tiene que ser hecho.
Nunca tomes ventaja del poder.
Los logros resultan,
pero nunca te vanaglories de ellos.
Realiza hecho, pero no alardees.
Realiza hechos, pero no estés orgulloso.
Realiza hechos, porque es lo natural.
Realiza hechos, pero no seas violento.
La fuerza es seguida por la pérdida de
la energía.
Esto no es el camino del Tao.
Lo que va contra el Tao alcanza un
pronto final.
31
Buenas armas son instrumentos de miedo:
todas las criaturas las odian.
Por lo cual, los seguidores del Tao
nunca las usan.
El sabio prefiere la izquierda.
El guerrero prefiere la derecha.
Las armas son instrumentos de miedo;
no son herramientas del sabio.
Las utiliza sólo cuando no tiene opción.
La paz y el silencio son caros a su
corazón
y la victoria no es causa de regocijo.
Si te alegras en la victoria, te
fascinarás en matar.
Si te fascina matar, no puedes
realizarte a ti mismo.
En felices ocasiones la prioridad es
dada a la izquierda.
En tristes ocasiones, a la derecha.
En el ejército, el general, se coloca a
la izquierda.
El comandante en jefe, a la derecha.
Significa que la guerra es conducida
como un funeral.
Cuando mucha gente ha sido suprimida,
debe ser lamentada con sentida pena.
Una victoria debe ser observada como un
funeral.
32
El Tao es por siempre indefinido.
Pequeño -en estado sin forma- no puede
ser asido.
Si reyes y señores pueden colocarse los
atuendos,
las 10.000 cosas habrían naturalmente
obedecido.
EL cielo y la tierra se hubieran unido
y gentilmente la lluvia caería.
Los hombres no hubieran necesitado más
conocimiento
y todas las cosas seguirían su curso.
Una vez el Todo dividido, las partes necesitan nombres.
Ya existen bastantes nombres.
Uno debe saber cuándo detenerse.
Saber cuándo detenerse detiene las
preocupaciones.
El Tao en el mundo es como un río que
fluye hacia el mar.
33
Conocer a los demás es sabiduría;
conocerse a sí mismo es descubrirse.
Imponerse a los otros requiere fuerza;
dominarse a sí mismo necesita energía.
Quien tiene lo suficiente es rico.
La perseverancia es un signo de
voluntad.
Quien se detiene donde se encuentra,
perdura.
Morir -pero no perecer- es estar eternamente presente.
34
El gran Tao fluye en todas partes, tanto por la izquierda
como por la derecha.
Las 10.000 cosas dependen de él; no se
quedan con nada.
Cumplen el propósito en silencio y no
hacen reclamos.
Alimenta las 10.000 cosas
y sin embargo no es su amo.
No tiene fin: es muy pequeño.
Las 10.000 cosas regresan a él
y sin embargo no es su amo.
Es muy admirable.
No muestra su grandeza;
por lo cual es realmente magno.
35
Todos los hombres vendrán a él,
quien se guarda para el Único,
pues allí yace la dicha y la paz.
La música y los manjares pueden
frenarlos,
pero la descripción del Tao
no tiene substancia ni gusto.
No se puede ver ni oír;
por lo mismo no puede agotarse.
36
Debe expandirse
lo que se contrae.
Debe fortalecerse
lo que falla.
Debe crecer primero
lo que es podado.
Debe de ser otorgado
antes de recibir.
Esto se denomina conocimiento el hábitat
de las cosas.
Lo suave y débil se sobrepone a lo
rígido y fuerte.
Los peces no pueden abandonar las aguas
profundas
y las armas de una nación no deben ser
exhibidas.
37
El Tao espera en la no-acción;
Sin embargo, nada queda sin hacer.
Si reyes y señores observan esto
las 10.000 cosas se abrirán naturalmente.
Si ellas desean aún actuar, regresarán a
la simplicidad de la substancia sin
forma.
Sin forma, no existe el deseo.
Sin el deseo, existe el sosiego.
De este modo, todas las cosas tendrían paz
38
Un verdadero buen hombre no es conciente
de su bondad;
por lo mismo es bueno.
Un hombre tonto trata de ser bueno;
en consecuencia, no lo es.
Un verdadero buen hombre no hace nada;
sin embargo, no deja nada sin hacer.
Un hombre tonto está siempre haciendo;
sin embargo, mucho queda sin hacer.
Cuando un auténtico hombre amable hace
algo,
no deja nada sin hacer.
Cuando un hombre justo hace algo, deja
mucho sin hacer.
Cuando un hombre disciplinado hace algo
y nadie responde,
pliega sus mangas en un intento de
forzar el orden.
Por lo mismo, cuando el Tao está
perdido, queda la bondad.
Cuando la bondad se pierde, queda la
amabilidad.
Cuando la amabilidad se pierde, queda la
justicia.
Cuando la justicia se pierde, queda el
ritual.
Ahora el rito es la cáscara de la fe, y
la lealtad,
el comienzo de la confusión.
El conocimiento del futuro es sólo la
florida trampa del Tao.
. Es el principio del desatino.
Por lo tanto, el verdadero gran hombre
se atiene
a lo real y no a la superficial;
se detiene en el fruto y no en la flor.
Acepta lo uno y rechaza el resto.
39
Los orígenes se despiertan en uno.
El cielo es un todo y claridad.
La tierra es un todo y firmeza.
El espíritu es un todo y fortaleza.
El valle es un todo y plenitud.
Las 10.000 cosas son un todo y están
vivas.
Reyes y Señores son un todo y el país se
conduce recto.
Todo es en Virtud de la integridad.
La claridad del cielo previene la caída.
La firmeza de la tierra previene las
grietas.
La fortaleza del espíritu previene ser
usado.
La plenitud del valle previene la
sequedad.
El crecimiento de las 10.000 cosas
previene la muerte.
El gobierno de reyes y señores previene
la caída del país.
Por esto, el humilde es la raíz de la
nobleza.
Sobre el pueblo se funda la
aristocracia.
Los príncipes y Señores se consideran a
sí mismos
huérfanos, abandonados e indigentes.
¿No dependen quizá de ser humildes?
Demasiado éxito no es una ventaja.
No debe brillar como el jade
o resonar como piedras que suenan en
armonía.
40
El retorno es el impulso del Tao.
Ceder es el camino del Tao.
Las 10.000 cosas nacen del Ser.
El Ser nace del no-Ser.
41
Los alumnos sabios escuchan el Tao y lo
practican
con diligencia.
Los alumnos comunes oyen el Tao y lo
abandonan
una y otra vez.
Los estudiantes tontos escuchan el Tao y
se ríen fuertemente.
Si no existiera la risa, el Tao no sería
lo que es.
En consecuencia se dice:
El pasado brillante parece empañado;
progresar parece retroceder;
el modo fácil parece arduo,
la mayor Virtud parece vacía;
la gran pureza parece sombría;
la fuerza de la Virtud parece frágil;
el perfecto cuadrado parece sin ángulos;
los grandes talentos maduran tarde;
las notas más agudas son difíciles de
oír;
las más grandes formas no tienen figura.
El Tao está oculto y sin nombre.
Sólo el Tao alimenta y logra la plenitud.
42
El Tao engendra al uno.
Uno engendra al dos.
Dos engendra al tres
Y tres engendra a las 10.000 cosas.
Las 10.000 cosas llevan el ying y
abrazan el yang.
Logran la armonía combinando estas
fuerzas.
El hombre odia ser huérfano, abandonado e indigente,
Pero así es como reyes y señores se
describen
a sí mismos.
Porque uno gana perdiendo
y pierde, ganando.
Lo que otros enseñan, yo también enseño;
esto es:
“Un hombre violento morirá de una muerte
violenta:”
Ésta será la esencia de mi enseñanza.
43
Lo más blando en el universo
se sobrepone a lo más duro en el
universo.
Sin sustancia, penetra donde no hay
sitio.
Por lo mismo, conoce el valor de la
no-acción.
Enseñando sin palabras y obrando sin
hacer
es comprendido por muy pocos.
44
Qué importa más: ¿la fama o tú mismo?
Qué es más preciado: ¿la fama o las
posesiones?
Qué es más doloroso: ¿ganar o perder?
Quien se apega a las cosas sufrirá más.
Quien atesora sufrirá grandes pérdidas.
Un hombre satisfecho nunca está
decepcionado.
Quien sabe detenerse evita las
desgracias:
estará eternamente a salvo.
45
Grandes logros parecen imperfectos,
Aunque no sobrevivan a su inutilidad.
La gran plenitud parece sin sentido,
aunque no pueda ser agotada.
La gran rectitud parece torcida.
La gran inteligencia parece tonta.
La gran elocuencia parece torpe.
El movimiento se sobrepone al frío.
La quietud se sobrepone al calor.
La quietud y la paz colocan en orden
las cosas, en el universo.
46
Cuando el Tao está presente en el
universo,
Los caballos arrastran el estiércol.
Cuando el Tao está ausente del universo,
Los caballos de guerra se alimentan
fuera de la ciudad.
No existe mayor crimen que el deseo
ni mayor maldición que el descontento
ni mayor desgracia que la codicia.
Por lo mismo, quien sabe contentarse con
lo suficiente
tendrá siempre suficiente.
47
Sin salir al exterior, uno puede conocer
el mundo entero.
Sin mirar a través de la ventana, uno
puede ver los caminos del cielo.
Cuanto más nos alejamos, menos
conocemos.
De este modo, el sabio conoce sin
desplazarse,
ve sin mirar; trabaja sin hacer.
48
En la constancia de la enseñanza,
cada día es adquirido.
En la perseverancia del Tao, cada día
algo se pierde.
Menos y menos está hecho,
hasta que no alcanza la no-acción.
Cuando nada está hecho, nada queda sin
hacer.
El mundo está regido dejando que las
cosas fluyan.
Nada puede ser regido, interfiriendo.
49
El sabio no posee una mente propia.
Está conciente de las necesidades de los
otros.
Soy bueno con la gente buena.
Soy también bueno con la gente que no es
buena,
porque La Virtud es el bien.
Tengo fe en la gente que tiene fe;
tengo también fe en la gente que no
cree,
porque la Virtud es la creencia.
El sabio es tímido y humilde
-para el mundo parece confuso-.
Los hombres lo miran y lo oyen.
Él se comporta como un niño pequeño.
50
Entre el nacimiento y la muerte,
tres de cada diez son los discípulos de
la vida.
Tres de cada diez son los partidarios de
la muerte
y tres de cada diez es el número de los
hombres
pasando del nacimiento a la muerte.
¿Por qué?
Porque viven su vida en un nivel
intenso.
Quien sabe cómo vivir a la distancia puede
caminar
sin miedo a los rinocerontes o a los
tigres.
No será herido en una batalla,
Porque los rinocerontes no encuentran en él lugar para
embestir sus cuernos,
ni los tigres encuentran sitio para usar
sus garras
ni las armas lugar para acribillar.
¿Por qué?
Porque no es vulnerable a la muerte.
51
Todas las cosas surgen del Tao
Y son alimentadas por la Virtud
Están construidas por temas.
Están modeladas a través del entorno.
Así, las 10.000 cosas respetan el Tao y
honran la Virtud.
El respeto del Tao y el honor a la Virtud no son exigidas,
aunque son propio de la naturaleza.
Por lo mismo, todas las cosas nacen del
Tao;
por la Virtud se alimentan,
se expanden, son cuidadas,
amparadas, consoladas;
crecen y son protegidas.
Creando sin calmar,
realizando, sin buscar beneficio,
guiando, sin interferir:
Ésta es la Virtud principal.
52
El principio del universo
es la madre de todas las cosas.
Conociendo a la madre, uno también
conoce a los hijos.
Conociendo a los hijos, aunque
permaneciendo en
contacto con la madre,
aporta libertad del miedo a la muerte.
Mantiene la boca cerrada.
Vigila los sentidos
y la vida será por siempre plena.
Abre la boca,
está siempre ocupado
y la vida estará más allá de la anhelo.
Percibe lo pequeño, que yace en el
interior.
Cede tu energía, para ser fuerte.
Usa la luz exterior, para regresar al
interior
y así estarás a salvo del daño.
Esto es aprender a ser constante.
53
Si yo tuviera sólo un poco de sentido,
caminaría por la vía principal y mi
único miedo
sería perderme en ella.
Quedarse en la calle principal es fácil,
pero a la gente le gusta cambiar de
rumbo.
Cuando la corte está adornada de
esplendor,
los campos están llenos de maleza
y los graneros están vacíos.
Algunos usan ropas lujosas
y se gratifican de comida y de bebida;
tienen más posesiones de las que pueden
usar;
son barones-ladrones:
ciertamente éste no es el camino del
Tao.
54
Lo que está firmemente establecido
no puede ser desarraigado.
Lo que está firmemente asido no puede
deslizarse.
Será honrado de generación en
generación.
Cultivad la Virtud en sí misma
y la Virtud será real.
Cultivadla en la familia
y la Virtud será abundante.
Cultivadla en el pueblo
y la Virtud crecerá.
Cultivadla en la nación
y la Virtud será copiosa.
Cultivadla en el universo
y la Virtud estará en todas partes.
Por lo mismo, mirad al cuerpo como
cuerpo,
Mirad a la familia como familia.
Mirad al pueblo como pueblo.
Mirad a la nación como nación.
Mirad al universo como universo
¿Cómo sé que el universo es de este
modo?
¡Mirándolo!
55
Quien posee la Virtud es como un niño
recién nacido.
Avispas y serpientes no lo picarán;
bestias salvajes no se abalanzarán sobre
él;
no será atacado por aves de rapiña.
Sus huesos son blandos; sus músculos,
débiles,
aunque firme es su apretón de manos.
No ha experimentado la unión del hombre
y de la mujer,
pero es una totalidad.
Su virilidad es fuerte;
grita todo el día sin volverse ronco.
Su armonía es perfecta.
Conocer esta armonía es constancia.
Conocer esta constancia es evidencia.
No es sabio precipitarse.
Contener la respiración causa esfuerzo.
Si demasiada energía es usada, le sigue el
agotamiento.
Este no es el camino del Tao.
Lo que sea contrario al Tao no tardará
en perecer.
56
Los que conocen no hablan.
Los que hablan no saben.
Mantened la boca cerrada.
Vigilad los sentidos.
Moderad el sarcasmo.
Simplificad los problemas.
Disfrazad el brillo.
Sed uno con el polvo de la tierra.
Esta es la principal unión.
Quien ha alcanzada este estado
no se preocupa por los amigos o
enemigos,
de lo bueno o lo que daña, del honor y
la desgracia.
Este es por lo tanto el más alto estado
del hombre.
57
Gobernad una nación con justicia.
abrid
la guerra con movimiento sorpresivo.
Ser dueño del universo sin esforzarse.
¿Cómo lo sé?
¡Por esto!
Más leyes e impedimentos existen,
más pobre la gente es.
Más sarcásticos son los guerreros,
más desasosiego en la tierra.
Más ingeniosos e inteligentes son,
las cosas más extrañan suceden.
Más reglas y más orden,
más ladrones y bandidos
Por esto el sabio dice:
No procedo, y la gente se corrige;
Disfruto de la paz y la gente se vuelve
honesta.
No hago nada y la gente te vuelve rica.
No tengo deseos y la gente regresa
a la vida buena y simple.
58
Cuando el país está gobernado por una
mano débil,
la gente es simple.
Cuando el país está gobernado con
autoridad,
la gente te torna sagaz.
La felicidad está enraizada en la
miseria.
La miseria acecha bajo la felicidad.
¿Quién sabe lo que el futuro nos
reserva?
No existe la honestidad.
La honradez se convierte en deshonesta.
Los hombres embrujados duran mucho
tiempo.
Por lo tanto, el sabio es agudo, pero no
cortante;
Puntiagudo, pero no penetrante;
Íntegro, pero no reprimido;
brillante, pero no enceguecido
59
Inquietándonos por los demás y sirviendo
al cielo,
no hay nada mejor que usar el límite.
Limitarse comienza renunciando a sus
propias ideas.
Esto depende en la Virtud acumulada en el
pasado.
Si existe una buena provisión de Virtud,
entonces nada es imposible.
Si nada es imposible, entonces no hay límites.
Si un hombre no conoce los límites, es
apto para ser guía.
El principio superior de gobernar se
mantiene apto por mucho tiempo.
Esto se denomina tener raíces profundas
y una base firme.
El Tao de una larga vida y una eterna
visión.
60
Gobernar el país es como cocinar un pez
pequeño.
Acércate al universo con el Tao
y el mal no tendrá poder.
No porque el mal no sea poderoso,
pero su poder no será usado para dañar a
los otros.
No sólo no hará daño a los demás;
asimismo el sabio estará protegido;
No se dañan el uno al otro
y la Virtud en cada uno refresca a ambos.
61
Un gran país es como un pantano:
es el encuentro del universo,
la madre universo.
A lo femenino se sobrepone lo masculino
con quietud;
yaciendo debajo, en paz.
Por lo tanto, si un gran país da lugar a
un pequeño país,
vencerá al pequeño país.
y si uno pequeño se somete a uno grande,
puede conquistar al gran país.
Por eso mismo, quienes hubieran
conquistado,
deben ceder
Y los conquistadores lo lograron, porque
cedieron.
Una gran nación necesita más gente.
Un pequeño país necesita servir.
Cada uno logra lo que quiere:
ceder es conveniente para una gran
nación.
62
El Tao es la fuente de las 10.000 cosas;
es el tesoro de un buen hombre y el
refugio
de un mal hombre.
Palabras blandas pueden comprar honores
y buenos actos pueden ganar respeto.
Si un hombre es malo, no lo abandones.
Así, el día que el emperador sea coronado
o el estado haya instalado tres
ministros,
no envíes un regalo de jade ni una cuadriga.
Quédate quieto y ofrece el Tao.
¿Por qué a todo el mundo al principio le
gusta el Tao?
¿Quizá porque uno encuentra lo que busca
y
lo olvida, cuando peca?
Éste es el mayor tesoro del universo.
63
Practica la no-acción.
Trabaja sin obrar.
Gusta lo sin gusto.
Magnifica lo pequeño, aumenta lo escaso.
Premia el encono con cuidado.
Ve lo simple en lo complejo.
Realiza grandes cosas en lo pequeño.
En el universo, los obstáculos están dispuestos
como si fueran fáciles.
En el universo, los grandes actos están hechos
de pequeñas obras.
El sabio no intenta nada muy grande
y de ese modo realiza grandezas.
Promesas fáciles están hechas de
pequeñas creencias.
Resulta difícil tomar las cosas a la
ligera,
porque el sabio siempre confronta las
dificultades,
pero nunca las percibe.
64
La paz es fácilmente mantenida.
La inquietud es fácilmente superada,
antes de comenzar.
Lo frágil es fácilmente quebrado.
Lo pequeño es fácilmente destrozado.
Pacta con ello antes de que suceda.
Crea el orden antes de que haya
confusión.
El gran árbol -que apenas puede el
hombre abrazar-
florece de una pequeña simiente.
Una torre alta de nueve pisos comienza
con un puñado de tierra.
Una jornada de mil millas comienza
bajo nuestro propio pie.
Quien actúa decepciona su propio
propósito.
Quien usurpa, pierde.
El sabio no actúa y por lo tanto no es
derrotado.
Quien no usurpa, no pierde.
La gente por hábito fracasa
cuando está al límite del éxito.
Por lo mismo, tened mucho cuidado al
final
como al principio:
de este modo, no habrá fracaso.
El sabio busca libertad en el deseo.
No atesora cosas preciosas.
Aprende a no aferrarse a las ideas.
Trae de regreso a los hombres a aquello
que han perdido.
Ayuda a las 10.000 cosas a encontrar
su propia naturaleza,
pero se refrena de la acción.
65
Al principio, quienes conocían el Tao
no intentaban iluminar a los demás:
lo mantenían oculto.
¿Por qué es tan arduo gobernar?
Porque la gente es muy inteligente.
Los gobernantes que utilizan el saber,
engañan al país.
Los que mandan sin saber
son una bendición para la tierra.
Estas son las dos alternativas.
Comprender esto es la Virtud Primera.
Conduce todas las cosas de regreso
hacia uno mismo.
66
¿Por qué es el mar el rey de los cien
cauces?
Porque yace debajo de ellos;
Por lo mismo, es el rey de los cien
cauces.
Si el sabio guiase a la gente, debe
servir con humildad;
Si él los guiara, debe colocarse por detrás;
así, cuando el sabio los guía,
la gente no se sentirá opresiva;
cuando se coloca por delante, no será
lastimada.
El mundo entero lo soportará y no se
cansará de él, porque no compite:
no lucha con la competición.
67
Todos bajo del cielo dicen que mi Tao es
grande,
más allá de toda comparación.
Porque es grande, parece diferente.
Si no fuera diferente
habría desaparecido hace mucho.
Tengo tres tesoros que conservo y a los
que me aferro.
El primero es la misericordia; el
segundo, la economía;
el tercero es no osar estar frente a los otros.
De la misericordia viene el coraje; de
la economía
viene la generosidad;
De la humildad proviene saber ser líder.
Hoy, los hombres evitan la misericordia
pero intentan ser valientes;
abandonan la economía pero intentan ser
generosos;
no creen en la humildad,
pero siempre tratan de ser los primeros.
Esto es ciertamente la muerte.
La misericordia trae la victoria en la
batalla y la fuerza
en la defensa.
Este es el sentido por el cual el cielo
salva y protege.
68
Un buen soldado no es violento.
Un buen luchador no se enoja.
Un buen ganador no es vengativo.
Un buen empleado es humilde.
Ésta es la Virtud de no oponerse.
Es conocida como la habilidad
para manipulear a los otros.
–Desde los tiempos remotos- fue conocido
como
el ultimátum de la unidad con el cielo.
69
Existe una máxima entre los soldados:
“No me atrevo a hacer el primer movimiento:
preferiría ser el huésped.
No me atrevo a avanzar una pulgada:
más bien preferiría retroceder un pie”.
Esto es avanzar sin aparentar moverse;
subirse las mangas sin mostrar los
brazos;
capturar el enemigo sin atacar;
estar armado sin armas.
No existe mayor calamidad que desestimar
al enemigo.
Por desestimar al enemigo casi pierdo lo
que valoro:
Por lo mismo, cuando la batalla se
libra,
el más débil vencerá.
70
Mis palabras son fáciles de entender y fáciles de realizar:
Con todo, ningún hombre bajo el cielo
las conoce
ni las practica.
Mis palabras tienen comienzos antiguos.
Mis acciones son disciplinadas,
Porque los hombres no comprenden,
me
desconocen.
Los que me conocen son pocos;
Los que me maltratan son honestos:
Por eso el sabio usa ropa rústica y
aferra las joyas en su corazón.
71
Conocer la ignorancia es fortaleza.
Ignorar el conocimiento es un mal.
Si uno está enfermo -por enfermedad-
entonces
uno no está enfermo.
El sabio no está enfermo, porque está
cansado
de enfermedad;
por lo mismo, no está enfermo.
72
Cuando a los hombres les falta el
sentido del temor,
sucederá una hecatombe.
No entremeterse en sus casas.
No atosigarlos en el trabajo.
Si no se interfiere, no se hastiarán.
Por lo tanto, el sabio se conoce, pero
no se exhibe.
Se respeta a sí mismo, aunque no es
arrogante.
Abandona aquello y elige esto.
73
Un hombre valiente y apasionado matará o
será asesinado.
Un hombre valiente y calmo preservará su
vida.
De estos dos: ¿cuál es útil y cuál
dañino?
Ciertas cosas no son favorecidas por el
cielo: ¿Quién las conoce?
Hasta el sabio está inseguro de lo
dicho.
El Tao del cielo no se esfuerza y con
todo se sobrepone.
No habla, pero responde.
No pregunta, pero son abastecidas todas
sus necesidades;
parece cómodo, pero sigue un plan.
La red del cielo se lanza lejos.
Aunque la malla sea tosca, nada se
escapa.
74
Si los hombres no tienen miedo de morir,
no es útil amenazarlos con la muerte.
Si los hombres viven con el miedo
constante de morir y
si romper la ley significa que deberá
ser asesinado:
¿Quién osará romper la ley?
Existe siempre un funcionario que
ejecuta.
Si intentas tomar su lugar,
sería
maestro de carpintero, usando el
hacha.
Si intentas cortar madera como un
maestro de carpinteros,
sólo te lastimarás la mano
75
¿Dónde está la gente muriéndose de
hambre?
Porque los que mandan los agobian con
impuestos
Por lo mismo, la gente se muere de
hambre.
¿Dónde está la gente es rebelde?
Porque los que mandan interfieren
demasiado.
Por lo mismo, existen los rebeldes.
¿Por qué la gente piensa tan poco en la
muerte?
Porque los que mandan pretenden demasiado de la vida.
Por esto, la gente toma la muerte con ligereza.
Teniendo poco para vivir, uno la conoce
mejor
y valora menos la vida.
76
Un hombre nace blando y flexible.
A su muerte está endurecido y rígido.
Las plantas verdes son tiernas y llenas
de savia.
A su muerte están marchitas y secas.
Por lo tanto, lo rígido y no curvo es la
disciplina
de la muerte.
Ser dócil y ceder es la disciplina de la
vida.
De este modo, un ejército no inflexible
nunca gana una batalla;
un árbol que no se inclina se quiebra fácilmente.
Lo rígido y endurecido se caerá.
Lo blando y flexible subsistirá.
77
El Tao del cielo es como la inclinación
del arco.
Lo alto es más bajo y lo bajo se
levanta.
Si la cuerda es demasiado larga, se
acorta.
Si no es suficiente, se alarga.
El Tao del cielo es quitar a aquéllos
que tienen demasiado
para dárselo a quienes no tienen
suficiente.
Los caminos del hombre son diferentes:
quitar a aquéllos que no tienen
suficiente
para dárselo a los que ya tienen
demasiado.
¿Qué hombre -que tiene suficiente- se lo
daría al mundo?
Sólo el hombre del Tao.
Por lo tanto, el sabio trabaja sin
reconocimiento.
Logra lo que debe ser hecho, sin
jactarse de ello.
No trata de mostrar su conocimiento.
78
Bajo el cielo nada es más blando y capaz
de ceder que el agua,
aunque
atacando lo sólido y fuerte nada es mejor:
no tiene igual.
Lo débil puede sobreponerse a lo fuerte
como lo blando a lo rígido.
Bajo el cielo cada uno lo sabe;
sin embargo, nadie lo pone en práctica.
Por lo mismo, el sabio dice:
Quién toma sobre sí la humillación del
pueblo
está preparado para gobernarlo.
Quién toma sobre sí los desastres del
país merece
ser el rey del universo.
La verdad, a menudo, suena paradojal.
79
Luego de una amarga enemistad cierto
rencor debe quedar.
¿Qué puede uno hacer?
Por eso el sabio guarda la mitad de su
convenio,
aunque no hace lo mismo con sus deudas.
Un hombre virtuoso cumple con sus
deberes.
Pero un hombre sin Virtud pide a los
demás que
cumplan con sus obligaciones.
El Tao del cielo es imparcial.
Se queda siempre con los hombres buenos.
80
Un pequeño país tiene poca gente.
Aun existiendo máquinas que trabajen diez a cien veces
más ligero que el hombre, no las
necesitan.
La gente toma la muerte con seriedad y
no viaja lejos;
aunque tenga botes y carruajes, no los utiliza;
aunque tenga armaduras y armas, ninguno
las necesita.
Los hombres prefieren el nudo y la
cuerda
en lugar de escribir.
Su comida es sencilla y buena;
sus ropas son finas pero simples;
sus hogares son seguros.
A su modo son felices
Si bien viven al alcance del suspiro de
sus vecinos
y del canto del gallo y del ladrido del
perro,
que se oye a través del camino,
pese a ello, viven en paz cada uno,
mientras envejecen y mueren.
81
Las palabras sinceras no son bellas.
Las palabras bellas no son sinceras.
Los hombres buenos no discuten.
Quienes discuten no son buenos.
Quienes saben no aprenden.
Quienes aprenden no saben.
El sabio nunca intenta acumula las cosas.
Más hace por lo otros, más posee.
Más otorga a los otros, más grande es su
abundancia.
El Tao del cielo es señalado pero no
hace daño.
El Tao del sabio es obtenido sin
esfuerzo.
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